Daniel's profileEl Eslabón PerdidoPhotosBlogLists Tools Help

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    April, 2006

    El viaje (III)

    Religión

     

    Era la tercera vez que visitaba Roma. Mi padre vivía allí desde hace dieciséis años y le había ido a ver un par de veces. Ahora residía en un pequeño apartamento cercano al Coliseo con su nueva esposa, Maria, una turinesa de mi generación amante del esquí de fondo. No tenían hijos, pero compraron dos perros. Pasé con ellos una apacible semana en su chalet en primera línea de mar, en un pueblecito a menos de 100 kilómetros de la capital. Poco antes de que marcharan hacia Turín, para ver a la hermana de Maria, me dijeron que me podía quedar tranquilamente esos días en su apartamento y que cuando fuera a marchar le dejara las llaves al portero.

    Gianluca, el portero, solía dejarme escrito cada mañana un pequeño circuito turístico por la ciudad. Anotaba cuidadosamente el autobús que debería coger, el precio de los lugares que me recomendaba visitar y cuatro o cinco restaurantes donde se podía disfrutar de un buen plato de pasta a buen precio. Al final de la hoja siempre anotaba una pequeña frase: “De falta y en el minuto 114”. Gianluca era de Génova y socio de la Sampdoria.

    Un día al llegar a la portería me di cuenta que Gianluca no estaba. Momentos después me percaté que estábamos en domingo y que, por lo tanto, hoy no trabajaba. Decidí dar una vuelta por la zona de la basílica de San Pedro y, si tenía tiempo, volver a entrar en la Capilla Sixtina. El tiempo era espléndido y hacía mucho calor, así que decidí sentarme en una terraza para tomarme un enorme helado de vainilla. Sólo había dos mesas libres, ambas en la terraza, así que me fui hacía una de ellas añorando el aire acondicionado del local.

    No había dado siquiera la segunda cucharada cuando se sentó en la mesa de al lado un cura. Era de mediana edad y presentaba esa calvicie prominente, rodeada de una coronilla con cuatro pelos oscuros, tan típica de las películas españolas de la posguerra. Detrás de él, una horda de siete monaguillos que le seguían dondequiera que fuera y obedecían clementemente todas sus órdenes, codificadas por gestos sencillos y tajantes. Los chiquillos se dispersaron por la calle tras un gesto del hombre, y mientras unos jugaban con unas chapas otros corrieron a beber agua a una fuente cercana. El cura se secaba el sudor de la frente con una pañuelo de un blanco impoluto mientras con la otra mano hablaba por un móvil de última generación. Al acabar la llamada se giró hacia la calle e hizo una foto a los niños con el aparato. Luego dijo en voz alta: “A fructibus cognoscitur arbor” (de los frutos se conoce el árbol). Me giré para ver si le hablaba a alguien y al no ver a nadie deduje que buscaba una respuesta. “Pero el discípulo supera al maestro” dije con sorna en un perfecto inglés. Pareció no entender lo que le decía, así que pensé que podría tratarse de un cura que vivía en Roma y lo único que sabía hablar era latín. “Discipulus potior magíster” repetí. Me sonrió y empezó a aleccionarme sobre el tiempo, la muerte y, obviamente sobre la vida después de ella. De sus comentarios sólo saqué en claro esta frase: “Memento, homo, qui pulvis est et in pulverim reverteris” (recuerda, hombre, que polvo eres y polvo te convertirás). Yo le dije que había crecido con un lema muy diferente: “Disce quasi semper victorius, vive quasi cras moriturus” (aprende como si fueras a vivir para siempre, vive como si fueras a morir mañana). Se giró enfadado y gritó: “Quod natura non dat, Salmantica non praestat. Argumentum ad ignoratum!” (¡Discutes con ignorancia!).

    Me quedé sorprendido por su reacción y le expliqué que la vida no era nada más que una sucesión de eventos, la mayoría de veces incoherentes, y que no existía nada más allá de la muerte. Le dije que no hacía falta buscarle sentido a la vida porqué la vida no tenía sentido. Mientras tomaba una de las últimas cucharadas de mi helado le dije que por suerte la religión está pasada de moda. Al momento me di cuenta de mi falta de respeto, pero al intentar rectificar el cura ya se había puesto en pie y había hecho un gesto para llamar a los chiquillos. Todos acudieron rápidamente menos uno que fue arengado y azotado. Mientras caminaban, calle arriba, siguiendo al cura en fila india, el azotado monaguillo se giró y me sonrió. Acto seguido salió corriendo por una calle perpendicular a la andada. No pude reprimir una gran sonrisa.

    Mientras volvía al apartamento de mi padre me di cuenta que mi tiempo en Roma había acabado.

     

    “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem”
    No ha de presumirse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias. La navaja de Occam.