Daniel's profileEl Eslabón PerdidoPhotosBlogLists Tools Help

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    March, 2006

    El viaje (II)

    Vida

     

    Mi primer destino era Londres. Mi madre siempre fue una enamorada de la ciudad, así que las ganas que tenía ella por regresar se convirtieron con los años en mis ganas por conocerla de primera mano. Nada más llegar a la ciudad, hubo un pequeño incidente que comentaré a modo de curiosidad: pese a que el avión llegó sin problemas a su destino, una vez aterrizamos parece ser que yo fui la única persona que pude llegar hasta la terminal sin problemas. Todos mis compañeros de viaje, que no eran pocos, se quedaron colgados en medio de la pista, por motivos que aún desconozco.

    Una vez me ubiqué en mi pequeño apartamento, cogí mi cámara y me dirigí hacia alguno de sus lugares más emblemáticos: visité la abadía de Westminster por la mañana y por la tarde me fui al British Museum. Regresé al hotel pasada la media noche, agotado en mi primer día, después de tomar media pinta en un bar cercano a Coven Garden.

    A la mañana siguiente me despertó un fax. Contenía una frase concisa: “DEBIDO A UN PROBLEMA EN EL AEROPUERTO, SU AVIÓN CON DESTINO ROMA SALDRÁ DENTRO DE NUEVE HORAS.” La noticia me desconcertó, pero hora y media más tarde me verificaron el mensaje. Debido al malestar, decidí que lo mejor que podía hacer era tomar el aire, así que me fui paseando hasta Hyde Park. Entré en el parque y me senté en uno de los múltiples bancos que hay frente al lago. Hacía calor y los ancianos charlaban en pequeños corros.

    Al poco tiempo alguien se sentó a mi lado. Era un hombre mayor, con una prominente barba blanca y llevaba una botella de Anís del Mono en la mano. Me dijo que se llamaba Charles. Empezó a divagar acerca de la sociedad actual, de la juventud, del desempleo, mientras iba dando tragos de la botella. Dijo que los humanos habíamos planteado mal el concepto de la Selección Natural, que lo importante no era fomentar la evolución de los ojos azules y de los grandes pechos, sino de la capacidad de sacrificio de las personas y de su inteligencia. Le comenté a modo de broma que se estaban perdiendo muchos genes muy interesantes, pero no pareció entender lo que le explicaba. También le dije que en España se permitían los matrimonios homosexuales y que si le parecía que eso también iba en contra de la naturaleza. El comentó que, probablemente, en términos eminentemente biológicos, así fuera, pero que lo más importante era la capacidad del ser humano por elegir su futuro, y que si ellos así lo deseaban, que lo respetaba. Antes de marchar me recomendó un libro de un tal Malthus, mientras lanzaba la botella en una papelera cercana.

    Llevaba siete horas, y enfurecido por no poder ver más cosas de la ciudad (y porque me sentía realmente muy a gusto) empecé a golpear todo lo que encontraba a mis alrededores, mientras me dirigía hacia el hotel para recoger mi maleta azul mar. Cogí mi maleta, pedí un taxi y me fui al aeropuerto. El viaje no empezaba tal como yo había planeado, pero estaba precavido, sabía que no sería nada fácil.

    Poco antes de despegar el avión, se puso a llover a raudales. Una vez en el aire, mientras el avión pasaba por encima de Londres observé la ciudad que, pese al poco tiempo que me había acogido, tan bien me había atendido. Le agradecí silenciosamente a mi madre que me recomendara la ciudad.

    Al poco tiempo de ver el mar, rompí a llorar.

    March, 2006

    El viaje (I de VI)

    Prolegómenos

     

    Ya estaba todo preparado: el gran proyecto en que se había convertido mi viaje iba a comenzar. Mi maleta azul mar, con esas utilísimas ruedecillas ideales para las temibles y enormes terminales de los aeropuertos, estaba cargada con pocos elementos, muchos de los cuales obligadamente imprescindibles: ropa interior, seis pares de calcetines negros, cuatro camisas, dos jerséis, dos tejanos y un smoking, por si se preciaba alguna ocasión especial. En uno de los bolsillos laterales sobresalía un gran cuaderno azul, aún por estrenar, que iría rellenando día a día con mi inseparable pluma, siempre a punto en mi bolsillo izquierdo. En el otro lateral, una de esas nuevas y diminutas cámaras digitales, plateada, con un número de píxels indirectamente proporcional al grosor del aparato y con una memoria equiparable a la de los dos primeros ordenadores que tuve juntos.

    El viaje en taxi hasta el aeropuerto había sido bastante agradable: mientras pensaba una y otra vez, fascinado, en mi planning del viaje, escuchaba por la radio Another place to fall de KT Tunstall. Al estilo de Bill Murray en Lost in translation, me iba despidiendo, silencioso, de mi ciudad, mientras me repetía interiormente el destino de cada una de las cinco grandes urbes que visitaría en aquellas dos frenéticas semanas: Londres, Roma, París, Nueva York y Tokio.