Daniel's profileEl Eslabón PerdidoPhotosBlogLists Tools Help

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    November, 2006

    Zwei more, por favor

    - Juanma, ¿que haces el cuarto finde de Noviembre?
    - Nada en especial... ¿porqué lo preguntas pequeño squirrel?
    - He pensado que podríamos ir a Düsseldorf a comprarnos unas camisetas.
    I dit i fet, els dos vailets van decidir agafar un avió, creuar mitja Europa i plantar-se a Düsseldorf, Alemania.
     
    ¿Recomendable? Si, mucho. Económicamente es completamente factible (gastas un poco más que en un fin de semana por Barcelona cena+discoteca) pero además tiene muchas ventajas: excelente compañía, viajar a otro país, otra gente, otro idioma, desconectar de tu vida/problemas actuales, un buen puñado de fotos, muchas anécdotas, buena cerveza alemana, frankfurts de verdad... Ojalá pudiera repetirse esto cada dos-tres meses... Espera, es posible: ¿qué haces en febrero?
     
    PD: Aún no ha acabado el año, pero sin duda esta siendo el mejor de mi vida. No obstante, y sabiendo que aún puede mejorar, me gustaría dedicar unas línias a esas personas que hacen que la vida valga la pena. Acknowledgments:

    MONTSE: Pel viatge de Lisboa, pel de Irlanda, per les pallisses al ping-pong (donades o sofertes), per tots els grans moments que em passat i tothom envejaria viure (encara que només sigués una dècima part) només tinc una paraula: gràcies.
     
    JUANMA: Por los Duk&Go, los Pro's, los cafés en el Republik, por mil y un fines de semana como los de Bruselas o Düsseldorf, por Galactinhos, por la nostalgia de un gran pasado y por la ignorancia que depara un inminente futuro. Zwei more, por favor.
     
    NÚRIA I AGNÈS: Per fer que cada matí tingui ganes d'arribar a la universitat, per totes les bufandes, sopes, trivials i notes a la guixeta/taquilla... Per fer-me sentir com a casa cada cop que dino a la facultat. Perquè no passaria res si estigués 10 o 20 anys estudiant sempre i quan estiguessiu esperant-me a l'hora de dinar. Per molts més cine+kebab.
     
    GEMMA: Per estar sempre allà, tot i l'apretada agenda de la futura i prometedora cirugiana Dr. Duarri. Pels molts cinemes compartits, pels molts e-mails que costen 1 hora escriure'ls i 20 minuts llegir-los. Pels croasants, biblioteques i tardes veient fotomontatges.
     
    LIVIA: Por abrirme los ojos hacia miles de cosas que me estaba perdiendo. Por otra cantidad de innumerables cines, tardes y diálogos antológicos.
     
    ANA: Porque pongamos que hablo de Madrid. Por esas tardes de biblioteca que pasaban volando, pero que nunca resultaban inútiles. Por los amigos comunes (nuevos y viejos), por las alfombras voladoras y los mensajes de Movistar. Porque la capital no está tan lejos.

    CARLA: Perquè si no t'hagués conegut aquest blog no tindria sentit. Perquè ets la font (i alhora el destí ulterior) de tots els meus actes. Perquè ja fa 6 mesos que no és possible viure sense tu. Perquè sóc incapaç d'oblidar un somriure o una mirada teva, perquè ara realment, i encara que soni a tòpic, tot resulta més fàcil.
    November, 2006

    El domador de versos

    Caminábamos juntos por el río, en el silencio de la noche, cerca de las cloacas de la ciudad, él y yo vestidos como unos bomberos, trabajadores decididos e infatigables, con nuestros chubasqueros amarillos y esos cascos que emitían un rayo de luz de su parte frontal. Avanzábamos en la oscuridad pisando el barro pestilente hasta que nos sentábamos junto a aquel árbol desnudo, que extendía sus largas ramas nudosas como brazos que trataran de ofrecer al cielo su pobre cobijo. Aquel era el altar dónde celebrábamos la más sagrada de las ceremonias, al que llegábamos con unos pesados cubos repletos de palabras e imágenes rescatadas de la basura.

    Yo siempre iba a su lado, sin llegar a comprender muy bien lo que hacíamos, pero seguro de que debía permanecer atento a todo, porque él iba a conducirme por el camino de la salvación. Era el domador de versos.

    El domador se pasaba las noches hurgando en todas las basuras del mundo. Sólo le interesaban las cartas y las fotos. Solía sentarse ante su vetusta mesa de escritorio, rodeado de objetos bellos e inservibles, para leer con atención, con los ojos húmedos tras sus viejas gafas, los pequeños tesoros que había encontrado durante el día en los contenedores de la ciudad. Llevaba cada sonrisa, cada mirada, cada frase de amor o cada separación que descubría en los papeles sustraídos al basurero, como si se tratara de su propia historia. Cada papel hablaba de algo profundo o banal, pero él siempre apreciaba la poesía contenida en una afirmación o negación, en una sonrisa o una lágrima: "...No puedo llorar, te busco en todos mis recuerdos...". Leía con la embriaguez del que sabe que, sin su intervención, estas palabras descansarían bajo la lluvia, al lado de una lata de sardinas, de una cáscara de plátano ennegrecida o de algún pañal usado. "...Es un hombre gallardo y caballeroso, de la mejor familia...". Leía con complacencia, sintiéndose un Dios que observa cómo los humanos se mueven, ríen, aman y sufren en un escenario de juguete; pobres muñecos que creen que sus sentimientos les pertenecen. "...Quiero pedirte un último deseo: que le digas a tu hijo...". Leía también con miedo; el temor a no poder resistir la tentación de conservar algo en su estantería, porque eso significaría que nadie más podría sentirlo nunca, que enterraría una sensación ajena entre sus libros, apartándola definitivamente del corazón de los hombres.

    El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en la ceniza de los versos para renacer en la imaginación de los hombres. Decía que por eso nos reuníamos bajo el viejo olmo seco. Quemábamos, dentro de un bidón metálico, todos aquellos fragmentos de vida impresos que había rescatado de una inmortalidad inmunda. El fuego purificador debía depositarlos de nuevo en el aire porque si no, nadie podría volver a recuperarlos.

    Su cuerpo viejo y cansado, sin embargo, no podría aguantar muchos inviernos más, y entonces ¿quién haría esa importante labor en su lugar? "Hay que soñar, Léolo", me decía ensimismado, observando el baile de las llamas en la noche, como si los versos o las sonrisas se despidieran diciéndonos adiós con la mano. "Hay que soñar". Me llevó tiempo comprender que él era la reencarnación de Don Quijote, y que había decidido luchar contra la ignorancia y protegerme contra el abismo de mi familia. Sentado ante la puerta de mi habitación, ante la puerta de mi fantasía, me reafirmaba en la frase que no paraba de dar vueltas en mi cabeza: Porque sueño, yo no estoy loco; porque sueño, yo no lo estoy.

     Léolo, de Jean-Claude Louzon